28 septiembre 2026

Tibi: un día para recorrer, mirar y entender el paisaje

Tibi: un día para recorrer, mirar y entender el paisaje

El sábado inauguramos la Semana de la Arquitectura con una de esas jornadas que, al terminar, dejan la sensación de haber recorrido mucho más que unos cuantos kilómetros.

El día acompañó desde el principio: cielo completamente despejado, sol, una temperatura estupenda y ese paisaje de Tibi especialmente limpio y luminoso. Empezamos caminando hacia el Pantano de Tibi, por esos caminos que poco a poco van descubriendo la presa y permiten entender su verdadera escala.

De la mano de Miguel Martínez Perallón fuimos conociendo la historia y, sobre todo, la enorme dimensión territorial de esta obra. Construida entre los siglos XVI y XVII para garantizar el agua de la Huerta de Alicante, la presa constituye una de las grandes infraestructuras hidráulicas del Renacimiento español. Pero quizá lo más interesante fue comprender que aquello no era simplemente una presa: formaba parte de un sistema mucho mayor de caminos, agua, cultivos, azudes, acequias y formas de vida que durante siglos fueron construyendo nuestro paisaje. El Proyecto TERRA trabaja precisamente sobre esa lectura de la antigua Huerta de Alicante como un gran sistema territorial conectado con Tibi y el río Montnegre.

Y después de las explicaciones llegó también un rato importante: caminar cada uno a su aire y experimentar el lugar.

El sonido del agua era impresionante —el pantano se estaba aliviando—, los pájaros, la vegetación, los animales, el verde, la piedra, el color del agua y, en la distancia, el mar. Incluso nos encontramos con el rodaje de un cortometraje. Durante un rato dejamos de intentar entenderlo todo y simplemente disfrutamos del sitio.

Desde allí iniciamos con Guillermina Perales y Eduardo Lastres otro recorrido completamente diferente: Senderos del Arte, un proyecto que introduce obras contemporáneas en distintos enclaves de Tibi para establecer un diálogo entre arte, naturaleza y territorio.

Y la primera parada casi resumía por sí sola el espíritu del día. Ante el agua y el paisaje apareció Suspiradore, de Núria Fuster. Y suspiramos. Literalmente. La obra está pensada para relacionarnos con el paisaje a través del cuerpo, la respiración, la voz y el sonido; una especie de gran instrumento que invita a hablarle al pantano, al agua y a las montañas. Allí arriba, viendo el agua y el cielo reflejarse y con todo el paisaje delante, la obra dejaba de ser únicamente un objeto para convertirse en una manera distinta de estar en aquel lugar.

Continuamos después hacia el interior de Tibi, adentrándonos en espacios que difícilmente habríamos descubierto de otra manera. Bancales, antiguos sistemas de recogida de agua y pequeñas infraestructuras construidas durante generaciones iban dando forma al barranco. Con agua, todo aquello se entiende además como otro pequeño sistema de aprovechamiento del territorio.

Entre cipreses y pinos, sobre caminos de tierra y piedra, apareció S/T, Santuarios. Espacios para el no-habitar, de Florentino Díaz, en el Ull de la Font. Una estructura que dibuja la idea de un espacio o una casa pero que permanece abierta al paisaje, en un lugar donde históricamente ya convivían naturaleza, arquitectura e ingeniería para la recogida de agua.

El paseo era fresco, silencioso y sorprendentemente tranquilo. Y las piezas aparecían casi como excusas para detenernos: mirar, cambiar el punto de vista, descubrir algo que estaba allí pero que quizá no habíamos visto. Hasta llegar a esas obras en las que el propio paisaje entra en la pieza y, finalmente, también aparece uno mismo reflejado en ella. De repente ya no eres simplemente quien contempla: formas parte de lo que estás mirando.

Después llegó la comida, sencilla, casera y muy de Tibi, y también ese momento de encuentro imprescindible para comentar lo vivido durante la mañana antes de afrontar la última parte del día.

Y por la tarde llegó quizá el cierre perfecto.

Nos encontramos con Alfredo Payá y comenzamos a caminar monte arriba. Media hora aproximadamente por caminos de tierra, entre pinos y vegetación. Y ese recorrido resultó ser parte fundamental de la experiencia. Poco a poco nos fuimos alejando de todo, preparando casi sin saberlo la llegada a una casa que no aparece de repente como un objeto en el paisaje.

Más bien ocurre lo contrario.

Hay que descubrirla.

La Casa en el Maigmó esperaba junto a sus propietarios, discreta, silenciosa, semienterrada, casi escondida. Alfredo explica que la intención inicial del proyecto era precisamente que la casa no dejara rastro, que fuese prácticamente imperceptible desde su entorno y dejase la mínima huella posible. Para conseguirlo se apoya en los antiguos bancales, se adapta a la pendiente y se entierra parcialmente; incluso las cubiertas continúan la inclinación del terreno intentando reconstruir su topografía original. Es exactamente esa relación con el lugar —apoyarse en los bancales existentes, adaptarse y casi desaparecer— la que también destacábamos al preparar la jornada.

Y entonces se entiende la llegada.

Después de caminar por el monte, la casa no pretende imponerse a lo que la rodea. Está sentada y hundida en el paisaje, abierta hacia dos horizontes extraordinarios: por un lado el Pantano de Tibi, el valle y la mirada que alcanza hacia el mar; por otro, el Maigmó. Alfredo resume esa organización de una manera preciosa: abajo, la parte más protegida y vinculada a la tierra; arriba, los espacios desde los que vivir y dominar visualmente el paisaje.

A petición de los propietarios apagamos los teléfonos.

Y probablemente fue una de las mejores decisiones del día.

Durante un rato no hubo fotografías, mensajes ni pantallas. Solo estuvimos allí. Recorrimos la casa, escuchamos a Alfredo y a quienes la habitan y miramos el pantano, el monte, los pinos, el horizonte y ese lugar pensado también para contemplar los amaneceres.

Entonces apareció con mucha claridad algo que había estado presente desde primera hora.

El círculo se cerraba.

Habíamos comenzado la mañana ante una enorme obra del ser humano que lleva más de cuatro siglos construyendo paisaje a través del agua. Después habíamos aprendido, mediante el arte, a detenernos y mirar ese mismo territorio de otra manera. Y terminábamos entrando en una arquitectura contemporánea que parecía querer hacer justo lo contrario de imponerse: posarse, adaptarse, desaparecer y permitir que el verdadero protagonista siguiera siendo el lugar.

Agua, patrimonio, paisaje, arte y arquitectura terminaron formando parte de una misma conversación.

Quizá ese fue el verdadero valor de la jornada. No solo visitar lugares extraordinarios, sino comprobar cómo una visita, un paseo, una obra de arte o una casa pueden modificar nuestra manera de mirar un territorio que creíamos conocer.

Y regresar a Alicante con la sensación de que Tibi, el pantano, sus caminos y el Maigmó seguían siendo los mismos que por la mañana… pero nosotros ya los mirábamos con otros ojos.

Gracias a Miguel, Guillermina, Eduardo y Alfredo por prestarnos durante unas horas su conocimiento y, sobre todo, su manera de mirar; al Ayuntamiento de Tibi y a todas las personas que hicieron posible la jornada; a los propietarios de la Casa en el Maigmó por abrirnos un espacio tan íntimo y compartirlo con tanta generosidad; y, por supuesto, a todos los compañeros que quisisteis caminar, conversar, descubrir y disfrutar juntos de este primer día de la Semana de la Arquitectura.

Fue un día realmente especial.

Visita pantano de Tibi y Presa

Imagen de galería.
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Senderos del Arte

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